Que los 80 fueron una época jevi lo sabemos todos, hasta el tonto de mi pueblo se da cuenta de ello. Que si los Meiden y Motörhead en la música, que si Blade Runner y Mad Max en el cine...vale, Madonna ya daba por saco por aquel entonces, aunque no era tan fashion como ahora, si queréis mi opinión. Claro que ésta es la de un urbanita cuya mente se quedó anclada a finales del siglo pasado.
¿Y en España? Pues como siempre, mal. Era la época de eso que algunos dieron en llamar la movida, que para un servidor no fue más que un fenómeno subcultural que algunos artistuchos de este país tratan de encumbrar como si hubieran sido los hippies, cuando en realidad no pasaban del subproducto cutre no exento de enormes dosis de caspa. Que en el fútbol no ganamos nunca, pero a combates de caspa no hay quién nos tosa. Y al que lo niegue, colleja.
Ah sí, que este ¿artículo? iba sobre una serie titulada Aura Battler Dunbine. Veréis, en Japón, aparte de jevis, los 80 fueron también una oda a la muerte. Existía un director llamado Yoshiyuki Tomino, que en 1979 puso patas arriba el emergente mundo de la animación (bueno, siendo estrictos, fue en 1980, por razones que paso de explicar aquí) con Mobile Suit Gundam. El caso es que él no había pensado en desarrollar secuelas, por lo que se puso a hacer otras series de su estilo, dramas bélicos en toda regla. Así, entre 1980 y 1981 se ocupó de Space Runaway Ideon (también conocida como The Legendary Giant God of the universe Ideon), serie que tiene el honor de ser padre de Evangelion, Rahxephon, Xenogears y demás productos de ese estilo. Por si no fuera suficiente mérito, calidad aparte, es probablemente la matanza más indiscriminada jamás vista en una serie de animación, dado que literalmente el universo entero se iba al carajo, previa muerte de los protagonistas en las situaciones más bárbaras imaginables. Así, en 1982 Tomino dirige Blue Gale Xabungle, serie de la que honestamente no tengo ni la menor idea de lo que trata. Algún día me enteraré. Mientras tanto, al que me la consiga le regalo una galleta.
Y llegamos a 1983, y a la serie que nos ocupa, Aura Battler Dunbine. En la línea de sus anteriores producciones, Tomino aporta nuevas cosas al cada vez menos nuevo -por aquel entonces- género de los real robots: en lugar de situar a la serie en un futuro cercano, la coloca en un mundo medieval, Byston Well, el cual es una especie de dimensión paralela al mundo en el que vivimos, y en el que cohabitan los humanos con las Ferario, una especie de hadas, capaces de abrir el camino que separa los dos mundos. Como buen mundo medieval, las tierras se encuentran repartidas entre diversos señores feudales, cada cual con su problemática, y alguno con ansias de hacerle la guerra a sus vecinos. Es el caso de Drake Luft, hombre ambicioso y señor de las tierras de Ah. Para ampliar sus territorios, secuestra a una E Ferario, la cual le abre el camino hacia el mundo superior, trayendo a dos ingenieros de la Tierra, Shot y Zet. Bajo los auspicios de Drake, combinan la tecnología de la esfera terrestre (en el cual el mundo está al nivel actual) con la energía conocida como aura, especialmente abundante en Byston Well, dando lugar a los aura battlers, robots de forma insectívora y unos 9 metros de altura.
Pero para pilotarlos, se necesitan a humanos pertenecientes a la esfera terrestre, ya que son capaces de dominar el aura mucho mejor que los habitantes de Byston Well. Así, el joven motorista Show Zama aparece inesperadamente en Byston Well, con Drake intentando conquistar ya algún reino vecino, y se le obliga a formar parte de su escuadrón de robots bajo el comando de Bern Bunnings. Show, que como es obvio está muy sorprendido por la existencia de un mundo paralelo al suyo, enseguida se da cuenta de las malignas intenciones de Drake, por lo que no duda en aliarse con un reino vecino (que caerá poco después) formando con sus miembros un pequeño grupo de la resistencia, que debe ir encontrando asilo en los cada vez menos reinos que se oponen a Drake...por suerte para ellos tienen a Marvel, otra chica de la esfera terrestre, y a al Dunbine, el robot que Show pilota y que gracias a las innatas capacidades del piloto siembra el terror en las líneas enemigas, pese a que pronto se convierte en un modelo obsoleto.
De buenas a primeras, el argumento es muy jevi, y eso que en 1983 el pagüer metal no se encontraba demasiado desarrollado. Obviamente esto es lo que es, un drama bélico en la línea de Tomino, por lo que Byston Well no tiene la complejidad de los mundos de Lodoss o similares. Pero tampoco pretende ser como ellos. Eso sí, no me extrañaría lo más mínimo que algún grupo jevorro japo tenga algún CD inspirado en Dunbine, como aquí algunos se inspiran (más bien basan su discografía, diría yo) en Tolkien, Lovecraft y demás gente del ramo.
La cosa nos coge desprevenidos, porque ya en el primer episodio nos encontramos a un Drake pletórico, y a Zet y a Shot diseñándole robots a toda velocidad. Show aparece allí, y no tarda muchos episodios en irse. O sea que la acción no se inicia estrictamente desde el principio. Un inicio in media res muy acertado, dado que los entresijos de Byston Well se nos van explicando a medida que discurre la acción, y no al principio como habría sido más lógico en un producto de estas características.
Centrándome en otros aspectos, los diseños de los mechas corren a cargo de Kazutaka Miyatake, un individuo que, entre otras cosas es el responsable de los diseños de un clásico como Gunbuster. A eso le llamo yo un brutal cambio de registro, sí señor. De hacer robots claramente basados en insectos (ejemplo, el Doramuro es un escarabajo pelotero pero en mecha) al taco del Gunbuster hay un trecho laaaaaaaargo.
El diseñador de personajes es Tomonori Kogawa, un tipo que desempeñó este puesto en tres series consecutivas de Tomino, las ya mentadas Ideon y Xabungle y esta Dunbine que nos ocupa. En honor a la verdad, hay que decir que aunque su trabajo es impecable, el paso de los años se ha dejado notar, y su estética puede resultar trasnochada a los aficionados más casuales y a los novatos. Aunque ya sólo por hacer un diseño tan extravagante y extraordinario como el del protagonista de Ideon (hasta dónde yo sé, debe ser uno de los pocos personajes de la animación con el pelo a lo afro, y ya no digamos en las series de mechas, dónde directamente es el único existente) ya se tiene ganado todos mis respetos.
Pero volviendo al patrón de este barco, es decir, a Tomino, hay que decir que llegado un momento pierde un poco el rumbo dirigiendo la serie, que hasta entonces había conducido de un modo magistral. En un principio, nos cuenta una guerra de guerrillas en un mundo medieval, con asaltos constantes de escasa importancia, y pocas batallas realmente trascendentales. Es a partir del episodio 32, cuando las Ferario deciden que el conflicto ha ido demasiado lejos y las máquinas están dañando Byston Well (el cual se descubre como el mundo al que van a parar las almas de los seres vivos), por lo que lo trasladan a la Tierra. Entonces se suceden bastantes episodios prescindibles, que no aportan nada a la serie, ya que son muy similares entre sí, y únicamente contribuyen a una enorme escalada en la guerra, que alcanza dimensiones planetarias. Esta tónica dura hasta el episodio 44, en el cuál empieza a definirse la impresionante conclusión que pone punto y final a la serie. Por lo demás, no nos encontramos ante una serie que se salga del estándar de Tomino, de hecho quizás sea la que tenga la dirección más light de todas las series dirigidas por él que y haya visto. Los que hayan visto algún producto suyo sabrán a qué me refiero.
Es curioso también ver cómo el desarrollo de los personajes se concentra casi exclusivamente en la primera mitad de la serie (al menos, en el bando de los protagonistas), y aún así este es escaso comparado a otras series de Tomino. Show o Neal son mucho más equilibrados que Amuro y demás gente de Gundam, pese a que al principio también tienen sus problemas, pero saben resolverlos rápidamente. Esto se contrabalancea con personajes como Shot, Bern o Leeza, cuyo velo se va descubriendo muy poco a poco a lo largo de toda la serie...
Quizás sea mejor así. Seguramente el hecho de dotar a Dunbine de una dirección muy singular (caso de Z Gundam) con una ambientación tan peculiar como esta habría repercutido sobremanera en la calidad final de producto. Y qué demonios, esta serie es una tragedia en toda regla.
Aquí se acaba mi reseña de Dunbine. Mi puntuación a la serie variaría entre el 7,4 y el 8 en función de día y mi estado de ánimo, pero su final me impresionado lo suficiente como para dejarla en el 8,5. Ya sabéis que no acostumbro a puntuar nada de lo que veo, y que en caso de hacerlo muy pocas cosas suelen recibir más de un 9 por mi parte. Ha influido mucho en series posteriores, especialmente en Evangelion y Escaflowne
Ahora comentaré los aspectos más chocantes de los episodios finales, alguno verdaderamente impactante y sorprendente. Si planeas ver la serie algún día NO SIGAS LEYENDO.
Luego no digáis que no os he avisado, piltrafillas.
-Sin duda, la muerte más salvaje es la de Elmelie, asesinada por su propia madre con un certero tiro en la cabeza. Tomino acostumbra a mostrar en sus series a familias rotas por una u otra razón (la madre de Amuro abandonaba a su hijo, su padre enloquecía, los padres de Camille no le prestaban atención alguna, los de Usso se veían obligados a abandonarlo dado a que eran importantes miembros de la resistencia armada...), y ya en Ideon hay una muerte similar a esta. Resulta todavía más sangrante ver cómo Leeza (esposa de Drake y madre de Elmelie) maneja los hilos desde el principio, confudiendo a los aliados Drake y Bishott. Cuando Drake se entera de la traición de su esposa, desea asesinarla. Algo parecido le pasa a Elmelie, que la acaba odiando y es consciente de que su madre es en buena medida responsable de la situación de guerra en la que se encuentran. Al final, tras acabar con la vida de su propia hija, Neal hace lo propio con la de Leeza, tras ver cómo la chica a la que amaba (pese a que la situación bélica los había distanciado mucho) muere de forma tan brutal.
-Drake también muere a manos de Neal, siendo la muerte más irónica de toda la serie, ya que al principio Drake pulveriza el reino del cuál Neal es heredero, dando muerte a su padre y convirtiendo a Neal en un fugitivo. Sin embargo, Neal jamás pensó en vengarse, simplemente lo mata porque el ejército de Drake es el último escollo de cara al final de la guerra. Tampoco pensó jamás en si reconstruiría su reino después del fin del conflicto, centrándose únicamente en la finalización de éste. Es algo que habla de su altura moral como personaje, sin duda.
-La muerte de Marvel es, sin duda, la más trágica. A lo largo de la serie se va desarrollando su relación con Show. Ambos, como personas pertenecientes a la Tierra, se sienten como extraños en Byston Well, y comprenden perfectamente la situación del otro. Todavía más trágico, unos episodios antes del final ella y Show hablan de la posibilidad de que cada vez que se suben a los aura battlers sea la última vez que se hablen. Sucede algo parecido: tras haber recibido un golpe en plena cabina, Marvel le oculta a Show que está herida, diciéndole que se apresure hacia otra zona del campo de batalla. Entonces, a Bern no le cuesta nada despedazar el Dunbine, dejándole únicamente las piernas...Marvel muere, sin que Show llegue a darse cuenta de ello, y así transcurre casi todo el episodio final.
-La de Bern, es cuánto menos curiosa. Siendo un total perdedor, se convierte en un personaje terriblemente malvado para vencer al Dunbine y al Bilbine (algo que también sucede con Jerid en Z Gundam). Logra dar muerte a Marvel y destruir el Bilbine, pero Show consigue escapar y se abalanza con su espada sobre él...Bern hace exactamente lo mismo, y se atraviesan el uno al otro, para de inmediato ser devorados por el inmenso aura que Ciela Lapana convoca, que ha de servir para purificar los espíritus de todos aquellas personas de Byston Well que han tenido relación con las máquinas. Así, los dos se desvanecen, la hazaña de Bern como soldado jamás es reconocida, y el motivo de su existencia totalmente estúpido.